¿Cómo arrojar luz sobre algo cuando sólo hay oscuridad?
Siempre, en toda oscuridad, hay un poco de luz. Aunque esté escondida. Aunque sea tan pequeña que no se pueda apreciar a simple vista. Pero no es una lucha fácil.
La luz en la oscuridad ha de arrojarse lentamente, porque si se arroja por completo, cegará, intimidará, provocará miedo y hará cerrar esas puertas que tanto han costado de abrir.
La luz ha de entrar lentamente, poco a poco, sin pausa pero sin prisa. Empezando por abajo, por el suelo, para que esa persona que está con la mirada agachada vea algo alegre, algo que anima.
E ir poco a poco hacia arriba, despertando a ese cuerpo dormido, aletargado, depresivo y sin ganas de vivir.
Al final se llegará a corazón, un corazón que late muy débilmente, un corazón que hastia la vida, hastía los sentimientos y hastía el mundo.
Ahí hay que tener mucho cuidado. Primero se ha de tapar los agujeros más grandes, cosiéndolos poco a poco y con cuidado con momentos, tacto y palabras y actos.
Ya después de haber alejado la oscuridad del cuerpo, se ha de ir a la zona más importante: La mente.
De nada sirve tener un cuerpo sano si la mente es la que está mal o sumida en la oscuridad.
Con la mente... Con la mente se ha de ser escrupuloso, saber dónde tocar, saber qué sustituir, saber qué puede afectar o qué puede beneficiar.
Y así, poco a poco, paso a paso, se elimina la oscuridad. Pero ojo, hay que dejar una zona para ella, porque siempre está bien mirar a a oscuridad, ya sea para recordar, o para enfrentarse a lo que tenemos más adelante.
